
“Señor rector, si usted aprueba esa propuesta en las condiciones que plantean su asesores, entonces va a estallar la huelga estudiantil y van a valer madres su proyecto de cuotas, la universidad y su propia cabeza”
Doctor René Drucker Colín, Coordinador de Investigación Científica –Hoy director general de divulgación científica- de la UNAM, en la sesión del Consejo Universitario del 12 de marzo de 1999.
Es la noche del 20 de abril de 1999. Hace más de un mes que el Consejo Universitario aprobó unilateralmente el Reglamento General de Pagos (RGP) presentado por el Rector. Decenas de colectivos y organizaciones estudiantiles, agrupadas en la Asamblea universitaria, han expresado su inconformidad durante semanas. Rectoría no escucha. Se han agotado ya, todas las vías institucionales[1].
La Asamblea Universitaria, reunida en pleno en el auditorio Che Guevara de la Facultad de Filosofía y Letras, discute esa noche la medida última para frenar el RGP. Luego de diez horas de deliberación se llega a un consenso: la conclusión de los intentos por buscar una salida dialogada al conflicto y la instauración de la huelga. La Asamblea Estudiantil Universitaria se transforma con ello en el Consejo General de Huelga de la Universidad Nacional Autónoma de México (CGH-UNAM). Es así como la universidad vive –aun sin saberlo- las horas previas a los nueve meses más intensos de su historia.
Nueve años después las consecuencias de aquella eufórica asamblea estudiantil son aun palpables. Sería difícil entender a la UNAM, sin la larga noche del 20 de abril de 1999. La universidad que hoy vivimos, por la que transitamos todos los días, es consecuencia directa de los resolutivos de aquella noche.
Pero a nueve años de distancias son muchos los hechos que aun escapan a nuestra comprensión. Producto del linchamiento mediático de la prensa, de la campaña de desinformación de las autoridades universitarias, de la renuencia de algunos académicos para tocar el tema y, no en pocas ocasiones, producto del desinterés propio; el movimiento del noventa y nueve es percibido cómo un fenómeno abstracto y lejano en el tiempo
De ahí la necesidad de recuperar la memoria histórica del movimiento. De hacer una breve reflexión de su figura, de dilucidar el papel que ocupa en el mosaico ambivalente y parcial qué es la historia universitaria. Éste texto es un esfuerzo por arrebatarle al olvido –en la medida de lo posible- aquel movimiento que reconfiguro las entrañas de nuestra universidad y, muy en especial por rescatar la figura de la FES –entonces ENEP- Acatlán dentro del contexto de la huelga.
Casa tomada: Acatlán como territorio liberado.
El resolutivo de la huelga significó no sólo la transformación física de los espacios universitarios, sino la reconversión psicológica de éstos. La huelga implicó, en definitiva, un cambio de actitud de los involucrados.
En ese contexto Acatlán fue más que un lugar para pasar la huelga. Fue ante todo un territorio liberado. Liberado de la intransigencia de las autoridades y el despotismo de sus funcionarios. Liberado de la coerción institucional y la intolerancia de su aparato represivo. Pero sobre todo, liberado de la apatía y la inmovilidad de muchos de sus estudiantes.
“… La ENEP Acatlán era, antes del movimiento, una escuela más bien apática cuyos estudiantes rara vez se interesaban por cuestiones políticas. Está muy alejada de Ciudad Universitaria. Su carrera más nutrida es Derecho… otro detalle característico es que por ahí funcionaba un posgrado para judiciales, por lo que los policías entraban y salían a su anchas. Acatlán padecía también a la FEDA, un grupo de porros que tenían largo tiempo dominando la escuela…en Acatlán se exigía credencial para entrar, estaban prohibidos los mítines y no había modo de levantar una asamblea, y sin embargo una vez estallada la huelga y como para hacer más evidente el desafió a la autoridad, sorprendentemente Acatlán se convierte en ‹tierra de ultras›”[2]
Ello se debió a que la huelga, significo en más de sentido un proceso de aprendizaje. Y como tal, conllevo profundos cambios, facilito la adquisición de conocimientos, permitió conquistar nuevas habilidades y proporciono diferentes visiones de la realidad. En más de una forma completó nuestra perspectiva sobre los problemas de la universidad y llevo hasta límites insospechados las consideraciones para su solución. Y fue precisamente esa expansión de perspectivas lo que generó las posiciones más radicales dentro del movimiento.
Al contemplar la realidad desde un plano más completo, es decir; con mayor información y con un sentido de análisis más crítico, fue posible deslumbrar la complejidad de las problemáticas universitarias. Se entendió entonces, que la transformación de esas realidades, dependía proporcionalmente de la profundidad de los cambios que se iniciaran. Se comprendió, por ejemplo, que la vincularon del CENEVAL[3] con la UNAM no obedecía únicamente a una política de selección arbitraria, sino que iba mucho más allá y, representaba la materialización de los cánones neoliberales marcados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional respecto a la educación pública superior en los países sub-desarrollados.
Ese ejercicio de reflexión provocó en consecuencia que se contemplaran acciones contundentes, de repercusión directa y no simples especulaciones en cuanto al curso de acción. A partir de ahí se comenzaron a diferenciar dentro de la Asambleas posiciones cada vez más radicales, las motivaciones ideológicas poco a poco comenzaron a pesar. Con el paso de los días, fue posible reconocer dentro del movimiento dos grandes posturas, que pese a ser ambas disidentes y altamente participativas, se diferenciaban –cada vez en mayor medida- por su grado de compromiso con la finalidad real del movimiento: la lucha por el derecho a la educación y la defensa de su carácter público y gratuito. Surge así la dicotomía entre los ultras y moderados:
“El hecho de sentirnos rebeldes y autollamarnos ultras nos distinguió siempre de los moderados. Ellos jamás aceptaron ser llamados así. Sin embargo, nació una moda ultra y otra moderada…aquí en Acatlán… los moderados eran los bonitos los educados, nunca un mal peinado, nunca una grosería… nunca una expresión políticamente incorrecta. Mientras nosotros escuchábamos a Sekta Kore, ellos a Cher. Cuando hablamos de autogestión socialista, ellos hablaban de democracia perredista. Nosotros leíamos a los Beats y ellos a Monsiváis. Nosotros decíamos Ricardo Flores Magón y ellos Francisco I. Madero. En las asambleas cuando las cosas se ponían difíciles, nosotros gritábamos:
-Compañeros, váyanse a la verga.
Y ellos:
- Compañeros, respetuosamente, vayan y chingen a su madre. [4]
La razón de tal división se debe en parte a que el CGH aglutino a estudiantes, trabajadores y académicos de todo signo, tal diversidad redituó, al menos en la ENEP Acatlán, en fricciones de contraposición ideológica. Es decir; se coincidía en el “qué”, pero en contadas ocasiones en el “cómo”. De ahí en adelante, el grado de rebeldía fue el parámetro que determinó la pertenencia a uno u otro grupo.
Cuando el dramatismo nos alcance: el infernal campo Krusty.
Con el paso de los meses y el desgaste interno del movimiento, en Acatlán la huelga que hasta entonces no había sido más que una palabra para designar una situación vaga y remota, se concreto en una realidad dramática.
En Acatlán, una vez alcanzado el primer objetivo de la huelga; la expulsión de la aristocracia universitaria y la recuperación de espacios, para convertirlos en territorio libre de la impostura de sus autoridades. Se inició una segunda etapa, que consistía en una fase prolongada de resistencia. Por esos días Barnés declaró: “Estoy preparado para una huelga larga"[5] y realmente así era; las autoridades pesé a estar consientes de la gravedad del conflicto, de lo que significaba la suspensión total de las actividades en la UNAM y de las consecuencias futuras de ello, no buscaron el dialogo. Fue hasta el 11 de mayo –casi un mes después del inicio de la huelga- que se creo la Comisión de Encuentro (CE), cuyos acercamientos con el CGH fructificaron hasta el 5 de julio en los Diálogos de Minería. Acercamientos, que ésta por demás decirlo, pasaron sin pena ni gloria.
La huelga en un inicio prevista como un movimiento político vertiginoso y contundente, que catalizará la solución del conflicto, se convertía ahora en una campaña de desgaste. Lo cuál suponía un reto mayúsculo. En Ciudad Universitaria y otros planteles periféricos como el CCH Sur o la Preparatoria 1 la huelga ofrecía relativas comodidades. En otras escuelas el mantener la huelga significaba una colección de pequeñas hazañas cotidianas. En el caso de Acatlán, el movimiento reclamó esfuerzos cada vez mayores:
En la ENEP Acatlán, una escuela que está lejísimos de CU, los intentos por sacar a los huelguistas y posesionarse de las instalaciones se repiten hasta por tres veces. La ultima ya en el 2000. Las “tomas de Acatlán” han pasado a la memoria de los huelguistas como acciones decididísimas….
El 6 de octubre tiene lugar, una vez más, un intento por recuperar las instalaciones, encabezados por el entonces director José Núñez, porros de la FEDA y de los CCH Naucalpan y Azacpotzalco ingresaron a Acatlán. Pero a diferencia de los intentos anteriores, esta vez lograron ocupar las instalaciones. El CGH, se reagrupó, organizó una contraofensiva y horas después las recuperó, pero hechos como ese, eran sintomáticos de la situación que guardaba ya en el movimiento.
La Asamblea Universitaria de Acatlán, que en un inicio fue un sofisticado sistema de representación, donde se intentó el ejercicio de la democracia directa, se transformo poco a poco en el tribunal de las gargantas, donde las descalificaciones y los insultos en poco ayudaban al movimiento. Llegaron a existir asambleas de 24 horas ininterrumpidas. La indisciplina y el cansancio en las filas huelguista crecía y perneaba en las condiciones en que se sobrevivía la huelga. Se descuidaron comisiones básicas que brindaban comodidades importantes. Acatlán era más que nunca “El campo Krusty”.
Huelga total: confrontación total.
Con el paso de los meses el desgaste de ambas partes era evidente. El hastió generalizado hacia la universidad había crecido paulatinamente hasta convertirse en un lugar común. Para noviembre de 1999, ya no sólo llovían descalificaciones sobre el CGH y su movimiento, sino también sobre Rectoría y su desinterés. La situación era alarmante.
Bárnes, decidió hacer ajustes y el relevo de funcionarios se hizo común. Entre mayo y noviembre el 50% de los funcionarios de la UNAM fue cesado o presentó su renuncia ante el Consejo Universitario[6].
Mientras la huelga continuaba cortando cabezas, la estrategia de Rectoría comenzó a ser errática. Un día, disposición total a discutir los seis puntos del pliego petitorio. Al otro, descalificación total hacía el CGH. Por su parte el movimiento también se tambaleaba. Un día, aceptación a dialogar con los eméritos. Al otro, toma de institutos y centros de investigación. Y en medio de todo eso el acosó de los medios y del gobierno Zedillista.
Mientras tanto la credibilidad de Rectoría iba en caída libre. Incluso los que fueran sus incondicionales aliados, como Alberto Fernández presidente de la Coparmex, alzaron la voz: “Pienso que sería preferible becar a los jóvenes estudiantes para que realicen sus estudios en el extranjero que mantener abierta la UNAM…”[7] La situación de Bárnes era desespérante, era –tal como lo previo el Dr. Drucker Colín- incapaz de salvar su propia cabeza; la Junta de Gobierno le pidió su renuncia, la presentó el 13 de noviembre.
Sin embargo con la llegada de De la Fuente se dieron los primeros pasos para la represión del movimiento. El desconocimiento por parte de Rectoría del CGH, como órgano legítimo de interlocución, abrió el camino al uso de la fuerza pública, el rompimiento de la huelga, la encarcelación de 733 activistas y la inconclusión de los diálogos para la Reforma Universitaria[8]. Diálogos, que por cierto, han sido postergados por nueve años.
Al final del viaje.
Inesperada, desconcertante, irreverente, apasionante, por momentos paradójica y mil veces insultada; la huelga de 1999 sigue pesando en el inconciente colectivo de ésta universidad. Las consecuencias de la huelga son, como la huelga misma, una multitud de confusiones, donde hasta la claridad más básica se vuelve subjetiva. La imagen del CGH no fue nunca absoluta. Forajidos irracionales para algunos; héroes universitarios para otros. La realidad es –como siempre pasa- mucho más complicada que eso. Pero en medio de todo ello una cosa es clara; resultaría imposible concebir a la universidad de hoy sin las transformaciones propiciadas por ese movimiento.
Por ejemplo; sería difícil que esfuerzos tan importantes como el programa México nación multicultural, que pondera la importancia de la diversidad étnica y su vinculación en la vida universitaria, tuvieran lugar dentro de la UNAM. En el mismo sentido, la concientización de gran parte de la comunidad, respecto a la significancía social de la universidad y la estrecha relación que debe guardar ésta con los grupos más desprotegidos, hubiesen sido imposibles sin el precedente que significó la huelga.
Por otra parte, la participación estudiantil en la vida política de la universidad se acrecentó a partir de 1999, conquistando espacios hasta entonces vedados a los grupos de izquierda. Muchos de los lugares en los consejos técnicos por ejemplo, estaban reservados para las huestes estudiantiles de las autoridades[9]. Con el tiempo esa situación ha cambiado y si bien la participación de muchos universitarios es todavía menor, hay ya avances en la influencia de las fuerzas de izquierda a nivel institucional. Recordemos tan sólo lo sucedido a principios del marzo de éste año en la preparatoria 2, donde la comunidad depuso a la ilegitima directora; Cecilia Verduzco.
Como vemos no se trata simplemente de la politización de la comunidad, sino más bien de un proceso de concientización a partir del cuál es posible reflexionar respecto de la responsabilidad histórica de nosotros como universitarios y de la universidad misma para con la nación.
Otra victoria del CGH es que hoy la mayoría de la comunidad entiende que el gastado argumento de la necesidad de incrementar las cuotas en la UNAM, no aguanta ningún análisis más o menos serio. Se sabe que éstas no representan una aportación significativa al presupuesto universitario. En 1999 su aprobación hubiera significado sólo el 0.78% y hoy no llegaría siquiera al o.75%[10]. Se sabe también que para que éstas rebasen el 5% -lo cuál no deja de ser insignificante con relación al presupuesto- tendrían que tasarse entre 12, 000 y 13, 000 pesos las contribuciones anuales por alumno dependiendo del índice de inflación.
Sin embargo, los efectos más importantes de la huelga rebasan por mucho el plano institucional. Las consecuencias de la huelga repercutieron más hondamente en los universitarios, que en la universidad misma. Muchos de los proyectos de disidencia contra-sistémica en la UNAM, son derivados directos de aquel movimiento primario que significo la huelga. Claro ejemplo de ello son: La Ke-Huelga Radio, un proyecto autogestivo de información y propaganda del movimiento estudiantil y Radio Pacheco –hoy Regeneración Radio- un espacio de reflexión, crítica y análisis político de coyuntura dentro del CCH Vallejo, que a pesar de todos los obstáculos que las autoridades le han impuesto continua realizando su labor.
El proyecto Okupa del Auditorio Che Guevara en CU, cuyo objetivo es la difusión de los distintos movimientos sociales en México y el mundo, así como el apoyo y la solidaridad en la realización de eventos políticos y culturales con otras luchas sociales. Aunado a lo anterior y derivado también de la huelga es la recuperación de los espacios comunes, cómo la preservación de los cubículos estudiantiles en cada uno de los planteles de la UNAM, cuyo fin es la convergencia de distintas corrientes en lucha al interior de la universidad, mediante el dialogo y el reconocimiento mutuo.
En otro orden de ideas, los movimientos anti –porros, literalmente campañas contra los grupos de choque dentro de la UNAM –como sucedió hace un par de años en la prepa 5 y CCH Naucalpan y hace algunos meses en las prepa 9. Del mismo modo el movimiento de huelga incentivo la organización estudiantil en todos los niveles, a través de; asambleas, cooperativas, colectivos, círculos de estudio, grupos de autodefensa –anti-porros- planillas con participación electoral, así como un gran numero de organizaciones
Es así como la huelga no sólo signo a una generación universitaria (la ahora llamada generación del noventa y nueve[11] sino que marcó anteladamente a posteriores universitarios.
Notas:
[1] El Reglamento General de Pagos es aprobado por el 15 de marzo. El documento completo está disponible en; Gaceta UNAM, del jueves 18 de abril de 1999.
[2] Rosas, María. “Plebeyas Batallas. La huelga en la universidad” . Ed. Era. México 2001. p. 75
[3] El Centro Nacional de Evaluación, CENEVAL “Una empresa para su empresa” es una institución a la que pertenecían funcionarios de la Universidad iberoamericana, el Tec de Monterrey y de la que el Rector Barnés formaba parte en esos años. para profundizar sobre el tema véase: La huelga X: UNAM, memoria del caos. .CUEC-UNAM y Canal Seis de Julio, México 1999.
[4] En, Ramírez, Arturo. “Palabra de CGH” Ed. El milenio. México, 2000 p.53
[5] Véase; Revista Proceso Núm.1173. México. Primera semana de mayo de 1999
[6] Véase; Revista Proceso Núm.1202. México. Segunda semana de Noviembre de 1999
[7] “La UNAM en el límite”, Reforma, México, viernes 3 de septiembre de 1999. p. 6.
[8] Véase: “UNAM: Las razones de la fuerza”. Canal Seis de Julio. México 2000. posiblemente el documental más completo sobre la intervención de la PFP en Cuidad Universitaria.
[9] Ordorika, Imanol, “La disputa por el campus. Poder, política y autonomia en la UNAM” Centro de Estudios sobre la Universidad y Ed. Plaza y Valdéz, México, 2006
[10] Vease: presupuesto el de la UNAM, para el ejercicio 2008-20009
[11] El termino Generación del Noventa y Nueve o G99, se refiere a los universitarios que fueron participes de la huelga y que con base en esa experiencia nutrieron posteriormente al movimiento social en general. Son pues, los cuadros que el CGH forjó. Su leyenda más socorrida reza: “yo sobreviví a la huelga del noventa y nueve”

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